EL ROSTRO DE SAN JUAN UN CUADRO PERDIDO DE ALONSO CANO DE FERNANDO DE VILLENA

 

Cada año la obra de Fernando de Villena va fortaleciéndose con nuevos títulos que amplían sobremanera una producción narrativa que anda por las veintidós trabajos. Cifra nada desdeñable si a ella le unimos el mismo número de libros de poesía y un buen número de ensayos. Es evidente que, desde que lo conozco, allá por el año 1974, la obra de Fernando de Villena no ha parado de engrosar una larga trayectoria que nos indica que estamos ante uno de los autores españoles más consolidados.

Su última entrega, El rostro de San Juan. Un cuadro perdido de Alonso Cano (2017), publicado en la magnífica colección de narrativa de Port Royal que dirige con exquisito cuidado el común amigo Ángel Moyano, es un encuentro con el pasado y el arte, pero también con el presente. Una tendencia que sigue en algunas de sus obras, que son deudoras de los tránsitos históricos y la singladura tenue, y con suaves pespuntes se adentra en los grandes acontecimientos de nuestra tradición y en la construcción de personajes.

Es verdad que la intriga está muy presente en esta obra que reconstruye un crimen o permite su develamiento mientras andamos de consuno por el espacio y el tiempo en una singladura que nos permite reconocer la enorme capacidad y facilidad para la construcción de historias de Fernando de Villena. La historia irrumpe en la muerte de la mujer del pintor Alonso Cano, Magdalena Uceda, ocurrida durante el siglo XVII, pero la historia llega hasta finales del XX, pues del diario El País se extrae la noticia del día 7 de noviembre de 1997 del robo y hallazgo de unos cuadros del pintor granadino en un palacio de Fuentidueña del Tajo.

Los personajes reales y ficticios se aglutinan en esta fábula que circula por tres grandes apartados: la tragedia y muerte de la joven, la dinastía de Francisco de Garcerán por varios siglos y, el momento más cercano, con los personajes que nos traen la más cercana actualidad. Siendo los cuadros de Alonso Cano el elemento unitario que imbrica todos los apartados.

Es un recorrido por tres siglos y por España y América con múltiples personajes que se van engarzando unos a otros como cuentas de un rosario narrativo y secundan una estructura en cadena. Cada uno de los capítulos está presidido por el nombre de un personaje comenzando por Magdalena Uceda, la joven asesinada, y finalizando con Antonio Marín. En medio una novela escrita con gran rapidez narrativa y con un gran interés que permite revivir modos de ser, comportamientos de una época y singladuras históricas centradas en el día a día de los personajes cuyas vidas transcurren raudas como pequeñas historias o breves relatos autónomos en sí mismos. 

Tanto la estructura como la acumulación de perspectivas nos permite hablar de una novela heterodoxa, cervantina, que tiende a la totalidad en el encuentro de narrativas diversas, pues podemos encontrar la novela histórica, la costumbrista, la novela sentimental…; en ocasiones, la picaresca y la novela de intriga de corte policíaco y criminal. Esta acumulación de géneros permite hablar de una amplia perspectiva y riqueza, con un leguaje muy cuidado y preciso, y dotado de una enorme claridad expositiva.

Durante los primeros años nos encontramos en Sevilla, el año 1624, y la entrada solemne de Felipe IV “cuando la primavera empujaba el milagro de sus brotes”, y también un auto de fe, que tanto animaban al pueblo entonces.  El encuentro de la joven con Alonso Cano, que la toma por esposa cuando ella cuenta con catorce años. Después Madrid, Córdoba… y la muerte de ésta. El capítulo de Alonso Cano nos adentra por Granada pero también por Sevilla con el pintor Francisco Pacheco, el suegro de Velázquez. La llegada a Madrid en 1638 y los acontecimientos resumidos de la historia de España y el modelo Guido Caballedosi, primero modelo y después.... con el que llega una suerte de novela picaresca que tanto debe a las lecturas de época.

En la segunda parte la saga de los Garcerán llega con rigor, uno sucediendo a otro en su historia, que es la historia del cuadro de Alonso y su recorrido, pretexto literario para transitar por mundos imaginarios, para construir épocas y personajes.

Alonso Cano será acusado de haber dado muerte a su mujer, pero el rey Felipe creía en su inocencia y también don Francisco de Garcerán y Ayala cuando conoce la noticia. Nos llega entonces la historia de este, sus amantes y su enrome patrimonio, como gran divisa que todos se disputan y, a partir de él toda su progenie: nietos, biznietos, tataranietos… La historia de Lucas (estamos ya a comienzos del siglo XVIII) y su suicidio; la hija de este, Angélica, y el amor (años 1740), su enfermedad y muerte. Y así sucesivamente van pasando, Carlos, Jacinto y Úrsula, Miguel, Guillermo y Juan, Remedios y Virtudes Enciso. Con situaciones diversas, muy imaginativas, en las que Fernando de Villena maneja una gran cantidad de recursos que tienen como objetivo el gusto exclusivo por la narración. Esta saga familiar alcanza hasta 1992, cuando Virtudes aparece muerta “y con una expresión beatífica en el rostro (…) Y aquí finaliza la genealogía de una familia marcada por la fatalidad… Quede el lector con su opinión y vayamos a ver qué ocurrió más adelante con el San Juan de Alonso Cano” (pp. 254-255).

En la Tercera parte, que lleva como título “Conclusión”, tiene como objetivo narrativo a tres personajes a los que toma como línea argumental para continuar su relato en la época más reciente al lecto: Indalecio Parra, Enrique Laporta y Antonio Marín. El lenguaje cambia radicalmente y estaríamos ante esa picaresca de la modernidad, en Madrid, con personajes que rivalizan en la delincuencia y hacen lo que estimen oportuno para sobrevivir. Las pinturas de Cano siguen siendo el magma que todo lo une y el pretexto narrativo perfecto para conformar la picaresca de la modernidad.

Más adelante, la historia cambia de ubicación para trasladarnos a Almuñécar, espacio emblemático para Fernando de Villena (y para el que esto subscribe) en muchas de sus novelas, para penetrar en la historia de Enrique Laporta y los años de la Transición, época en que Enrique estudia Historia del Arte en Málaga y acaba dirigiendo ARCO. Todo un mundo de corruptelas y el emblema de los cuadros de Alonso Cano siempre como guía cuando se descubre que las cuatro tablas del retablo del palacio de Arnedo pintadas por el granadino han desaparecido.

El último apartado, que no desvelamos, en torno a Antonio Marín descubrirá los secretos de una narración amplia, generosa, heterodoxa… donde Fernando de Villena nos muestra sus grandes dotes narrativos, su enorme imaginación y la maestría en la construcción de historias y en su ensamblaje, tanto como un enorme esfuerzo documental, pero no apremiante, que permita adentrarse al lector en la fábula, en el gusto por la narración, y no en los acontecimientos más o menos históricos que solo sirven de marco referencial de época.

11 de octubre de 2017     F. MORALES LOMAS