LA POESÍA DE FERNANDO VALVERDE (1997-2017)

 

Veinte años de poesía es un buen periodo de tiempo para abordar los entresijos de la poética y la creación del granadino Fernando Valverde, un escritor que a sus treinta y siete años va entrando en pleno periodo de madurez creadora.

Durante estos años la lírica de Valverde ha ido creciendo al par que su reconocimiento internacional, como se deduce de la lectura de El canon abierto. Última poesía en español, de la profesora Remedios Sánchez y el profesor Anthony L. Geist (que seleccionó los poemas), y donde tuvimos la oportunidad de participar junto a doscientos críticos de más de cien universidades como Harvard, Oxford, Columbia o Princeton... En esta obra Fernando Valverde resultó ser el escritor más votado por los críticos, a cuyo reconocimiento ya nos habíamos adelantado la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios al concederle en 2015 el Premio Andalucía de la Crítica.

No podemos obviar en su ya largo recorrido su formación universitaria en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada, ni el haber sido discípulo de profesores como Juan Carlos Rodríguez Gómez (desgraciadamente fallecido hace pocas fechas), el relevante ideólogo de la poesía de la nueva sentimentalidad,  y de poetas y profesores tan influyentes en los últimos años del siglo XX como Luis García Montero, que llevó a la práctica lírica esta forma de construcción poética que acabó convirtiéndose en un referente de la lírica de finales del XX.

Fernando Valverde nace en esa coyuntura. Sus primeras lecturas están insertas en esta tradición y derivan hacia un “puesta de largo poética” que fue titulada Poesía ante la incertidumbre (Visor, 2011), y que algunos han visto como una forma de adaptación de la nueva sentimentalidad al siglo XXI.

Es evidente que nuestro objetivo es analizar la poesía completa de Fernando Valverde hasta el momento (Visor, 2016), sin embargo, no podemos entrar en ello sin antes señalar brevemente algunos de los rasgos fundamentales de esta poética de la incertidumbre, pues es la que concita el interés creador del escritor granadino.

En su manifiesto poético los poetas ante la incertidumbre decían que este concepto tan “moderno” de incertidumbre parece abarcarlo todo: “la política, la moral, la economía, las nuevas formas de comunicación que paradójicamente han provocado una mayor incomunicación... También las viejas utopías que parecieron realizables y llenaron de ilusión a millones de ciudadanos se han desmoronado mostrando sus miserias cuando han sido suplantadas por los hombres, añadiendo aún más incertidumbre a todo lo que nos rodea”. La incertidumbre como herramienta paradigmática en la que anclar una manera de inmiscuirse en el mundo y no ser ajenos a su evolución.

Al tiempo tomaban como frontis precisamente una frase de su maestro García Montero: "La poesía es un modo de ajustar cuentas con la realidad”. E incidían en el concepto poético de la poesía como una mentira para producir verdad. Incluso acogían otros dos referentes inmediatos: el poeta mexicano López Valverde, que en 1916 dijo: "Deseo expulsar de mí cualquiera palabra, cualquiera sílaba que no nazca de la combustión de mis huesos"; y el poeta Joan Margarit, que trataba de explicar en esa misma tesitura que el límite de la poesía es la emoción lírica. Con lo que objetivábamos así un nuevo elemento determinante de esa poética.

Son ideas que irán ahormando esta “nueva sentimentalidad” en el siglo XXI para conformar un horizonte donde a la emoción poética se añaden la claridad literaria y el humanismo lírico, ejes fundamentales del ejercicio literario: “Queremos mostrar nuestra desolación ante esta dinámica que nos parece destructiva para la poesía porque conduce, de manera inevitable, a su deshumanización”.

Así afirmaban en su manifiesto poético y conformaban una nómina de poetas que les sirven de “guías espirituales” para su nueva propuesta por varias razones: su apuesta por la claridad, el diálogo con sus lectores y el mundo que les rodea (poesía como comunicación) y la necesidad de expresar ideas en el poema. Entre esta nómina citan a Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Gonzalo Rojas, Claribel Alegría, José Hierro, Luis García Montero, Benjamín Prado (y los poetas de la conocida como Poesía de la Experiencia), Juan Manuel Roca, Marco Antonio Campos, Jorge Boccanera, José Emilio Pacheco, Mario Benedetti, Gioconda Belli, Oscar Hahn, Omar Lara, Waldo Leyva, Piedad Bonnett...

En este ámbito debe ser fijada la poética de Fernando Valverde, cuyos rasgos esenciales los definía el propio escritor en el prólogo de su Poesía (1997-2017) (Visor, 2016) que lleva por título “El lugar de la poesía”, donde nos indica que la poesía establece “un vínculo entre lo real y lo extraordinario” creando un puente, “vulnerable como indestructible”. Y ante esta situación el poema se convierte en el medio para acercar ambas orillas a través de la emoción.

Tras hablar de las primeras lecturas, de Bécquer, Dante o Neruda hace un repaso a los diversos títulos de su producción sintetizando brevemente lo esencial en ellos. Con Viento de levante (en el interior lo titula Viento favorable) quería expresar “la nostalgia de un verano” y, advirtiendo la trascendencia de la recepción lectora, señalaba que existía en él un “diálogo entre el joven vulnerable lleno de dudas e inseguridades con quienes habían perseguido la poesía a lo largo del tiempo”.

De Razones para huir de una ciudad con frío rubricaba la temática de la pérdida de la infancia; en cambio, Los ojos del pelícano buceaban en una profunda metáfora para descender a la muerte de la madre, “símbolo de la manera en que los sueños de la gente normal se estrellan una y otra vez contra la realidad”.

Y, por último, La insistencia del daño, su libro más laureado, pretendía ahondar en la herida del mundo y ofrecía el concepto de alteridad, el dolor de los otros, como principio ético que sustenta cualquier discurso humano, una idea que compartimos totalmente los defensores del Humanismo Solidario, entre los que se incluye el propio Fernando Valverde.

De lo expresado hasta ahora podemos deducir que existe una singular preocupación en la lírica de Fernando Valverde por el estilo. Se reafirma en la defensa de la sencillez, algo tremendamente complicado, como dirían Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. Lo difícil para Valverde es conseguir que un poema sea sencillo y bello, dos máximas que siempre persigue. Su esfuerzo por conseguir esa sencillez expresiva se evidencia y también en seguir la secuencia de predecesores a los que admira. Lo que le permite crear un espacio de confidencialidad y oralidad necesaria junto al coloquialismo, sin olvidar que el cultivo de la imagen y su fortaleza metafórica es una de sus evidentes cualidades.

Sin embargo, no todo es forma en su obra, existe en sus temas una evidente preocupación por la suerte del ser humano, en ese humanismo de nuevo cuño que defendemos y en ese compromiso de la posmodernidad, sin caer en el panfleto o las estridencias de antaño. Una poesía que, como se ha dicho, se debate entre los sueños rotos y los anhelos, los claroscuros del diario vivir. Fernando Valverde es consciente de que la poesía puede arrojar luz, diálogo y, sobre todo, humanidad. La poesía aporta un significado a la existencia y va ineludiblemente unida a la búsqueda de la libertad y a darle un sentido a nuestro tiempo.

Los poemas de Viento favorable (1997-2002) nacen bajo la influencia de Juan Ramón Jiménez con el mar como reclamo lírico y una sensación de evocación y nostalgia donde se va cimentando de modo natural el día a día, el paso de la existencia, su relación con el mundo… y se percibe la conformación del discurso de lo identatario, la inmersión en esa formación del poeta que trata de comprender el universo que lo rodea: “Me entiendo con el mundo pocas veces”.

Un ensimismamiento en el sentimiento que puede producir una noche de verano, de ese  niño enamorado en todas partes, pero también el reclamo de una ciudad ciega, una ciudad con su noche, sus sueños y sus lugares inhóspitos llenos de promesas y de tedio que van moldeando al poeta y su existencia, sabiendo que el naufragio puede ser un lugar donde acudir. Una ciudad dormida de la que acabará yéndose el poeta, como en el poema “Premonición”, un camino para hacer de la existencia un proceso de arquitectura vital.

Razones para huir de una ciudad con frío (2004) posee mucho de inserción ya en la lírica que puso de moda Gil de Biedma con esa aclimatación a la memoria y a la percepción del desencuentro vital. Entre esa construcción de espacios (lo pasado y lo presente) se configura la falsedad del existir. Ni era lo que imaginábamos ni la construcción posee una singladura benéfica desde el primer poema donde se expresa un deseo de ir más allá de los versos y la literatura en un mundo que se va precipitando progresivamente en la construcción de una mentira. Al fin y al cabo aquellas palabras que ya puso de moda Diderot en La paradoja del comediante. Y el poeta en soledad, afanándose, acaso como Diógenes con el farol encendido en pleno día en búsqueda de la verdad.

Su discurso poético se va levantando desde la insumisión, el desencanto y ciertas notas de tristeza, y siempre con la necesidad de descubrir una respuesta, una definición indubitable: La noche es… La muerte es… Lorca es…

El mero acto de vivir, como titula uno de sus poemas, puede hacernos ver que existe una voluntad de encontrar esa certeza valiosa que también perseguía Diógenes. Una poesía que siempre comporta en Fernando Valverde un discurso ético para abrir la palabra al mundo y el amparo en un nosotros fehaciente.

El poeta, insertado de pleno en la madrugada, se pregunta constantemente por esa forma de identidad, por las causas del dolor, por la desdicha de no haber acertado, un tono negativo donde el desamor es conducido por múltiples singladuras al mismo tiempo que se prepara para sucumbir ante la existencia y el desengaño, a pesar de su juventud: “Imagino sus cuerpos en el primer abrazo,/ las miradas confusas y las preocupaciones/ de un país sin futuro en un pasado sucio,/ de una vieja pistola esperando una excusa”.

Hay un dolor subyacente que surge, que brota, que viene de lejos y el poeta en su balada de frío, “el frío más difícil del invierno”. En un argumentario donde lo elegíaco determina una nueva mirada, un nuevo modo de definición e identificación entre el niño que fue y el presente, siendo la ciudad esa horma que armoniza o no toda una vida: “Siempre tan parecida al desengaño”. Como un mundo que se va construyendo con sus estridencias y sus asociaciones que nacen en la duda y el extravío: “Yo te dejo mis dudas para venir al mundo”.

Una ciudad como un espacio donde encontrarse en ese ámbito de lo identatario que está muy presente en su obra. Unas veces Granada, otras Praga o Sarajevo o Moscú. Y siempre con un componente para la arquitectura vital. Así sucede en el poema “En Florencia, en un rincón de vía San Zanobi, el tiempo parece detenido” o en “Una plaza”. La ciudad es también la existencia, un mundo derruido, lleno de escombros, una colectividad que nace para el encuentro y para quizá reencontrarse. Para al final del poemario en el “Soliloquio del olvido” definir la vida, “una cena de valientes”, los refugios o las banderas del existir y el mundo en su balanceo vital, mientras tratamos de que la nostalgia no nos ahogue en un mundo donde hay pocas respuestas.

Uno de sus poemarios más profundamente elegíacos es Los ojos del pelícano (2010) como ya hemos anunciado. Desde ese profundo paradigma de los pelícanos golpeándose una y otra vez contra el agua podemos comprender que la existencia también es ese golpearse continuamente con un mundo que va creciendo con aspereza y animadversión a medida que el poeta se siente con la herida: la herida de la muerte, la herida de la vida y la herida del amor, como diría Hernández.

Abre el poemario con “La caída”, dedicado precisamente a su madre, donde se produce una recuperación memorial del sentimiento y la apertura hacia los afectos y las sensaciones que se guardan en la memoria: “Tus brazos,/ tan frágiles ahora,/ cubren el cuerpo de mis nueve años/ hasta tocar la orilla”. Hay una muerte que está presente mirando a los ojos, una muerte ciega y furtiva que todo lo ocupa.

Es un poemario para la elegía y la memoria que se unen en múltiples situaciones vitales a medida que el poeta va recorriendo el mundo y visitando ciudades: París, Damasco, Managua, Sarajevo… No es solo la voz doliente del poeta ante el dolor propio sino también ante el dolor del mundo en ese camino hacia la otredad y la solidaridad de muchos poemas como “Los pájaros” (con los niños de Managua) o Zuleyma (simbología de los perdedores).

El poeta siente el dolor del mundo (la simbología del frío, tan presente a lo largo de su historia poética) que se afana en ser depositaria del gran paradigma de los pelícanos y su constante lucha. Como todos, el poeta se alimenta de los sueños pero es consciente de que el mundo siempre vence y al final acabamos vendidos a este y todo puede ser reducido al llanto: “Debajo de las piedras lloran niños”.

Nos hallamos ante una lírica profundamente emotiva, ilustradamente reflexiva que ahonda en el recorrido vital, en el daño instaurado, en los sueños rotos (los sueños de aquel niño que contempla ahora el mundo desde el desaliento): “Me persiguen tus ojos,/ no sé si están en mí/ o si quieren decir que el sueño ha terminado”.

Junto a esta singladura el recorrido por las ciudades puede ser un buen momento para ahondar en la incertidumbre (palabra que se repite en tres o cuatro poemas: “Hay tanta incertidumbre allí en el bosque”) cuando describe sus sensaciones, al tiempo que se alimenta de ese amor que no parece definitivamente asentado: “Era el amor tan frágil como blanca tu piel”.

Y junto a este mundo actual, el pasado que va y viene edificando parte de los entresijos de la memoria: el miedo a las avispas, los veranos, el viejo estadio o el recuerdo tan machadiano de los días infantiles:

Ahora que no recuerdas las tardes de mi infancia,

déjame que perfile la luz de tu memoria

arañando del tedio y de la noche

la pasión insolente de los días felices.

A través de esta singladura congregamos el pasado y el presente, hacemos un recorrido vital por el poema, conformamos la historia de un sentimiento personal en aras de trasladar al lector una época de sueños y derrotas. Y el paso del tiempo con “la emoción sincera de la incertidumbre”. De nuevo la incertidumbre con su carga de poesía y la angustia permanente de estar intuyendo el abismo, a veces a través de la imagen del lobo que viene a buscarnos.

En su última obra, La insistencia del daño, se presenta un recorrido sentimental por el dolor (el daño del título) desde esa infección general y ceguera muy a lo Saramago que proyecta imágenes visionarias de angustia y desolación, con la denuncia de algunos personajes históricos, como el asesino Ratko Mladic: “Traté de ser testigo de la herida que el mundo comparte, del sufrimiento que nos iguala. Si la poesía puede contribuir a un mundo mejor es porque nos ayuda a comprender el dolor de los otros (…) En medio de ese viaje, entre la luz del mundo y sus sombras, entre la belleza y el dolor, estaba la poesía”. Una lírica que desde la incertidumbre llega al Humanismo Solidario en ese recorrido desde un sujeto que se reconoce en los demás y permite que la perspectiva pase de la épiméleia/ cura sui a la épiméleia heautou.  Y, por tanto, la actitud en relación con uno mismo, con los otros y con el mundo, al reconvertir la forma que adopta la mirada y la asunción del sentido ético del poema.

  Con ellos va recreando un creciente juego simbólico en el que se identifica el fracaso del caminante que observa el mundo y recorre su quebranto. Una poesía que podemos definir como la épica del dolor desde una intimidad profunda que aspira a contarnos la tragedia actual en un recorrido sin precedentes por conflictos como el de Los Balcanes (como elemento simbólico), pero también a una aspiración futura como en el bello poema dedicado a Celia, sobre cómo será su existencia en torno a la incertidumbre que gobierna su obra.

 Hay una constante sensación de merma, de estar al final de un camino sembrado de desazón y la desesperación contenida con un lenguaje abundantemente metafórico, expresivo y simbólico en el que también existe la sensación de menoscabo propia de los apegos y una melancólica representación que se revela en ciudades que sirven de acomodo a un viaje sentimental por América, a la que rinde un homenaje, con ese vocativo siempre presente en todas ellas, y la muerte, como una sombra que invade esa memoria recobrada como en el poema “Playa de San Critóbal”. Así como la declaración de indolencia en la memoria: amor y olvido siempre presentes en esa reconstrucción memorial. Un conjunto de ciudades que, en realidad, son un pretexto sentimental para abordar la temática de la pérdida a la que el poeta se refiere permanentemente.

De ahí que en el último apartado la luz no llegue a mañana y el daño se apodere de la existencia como una explicación de lo creado. La mujer se hace presente y el quebranto por su quebranto, un deterioro que va pulsando definitivamente la música de sus poemas en ese juego final de antítesis lumínicas (luces y sombras) y la búsqueda en las llamas y la sensación de impotencia vital.

En definitiva, la obra poética de Fernando Valverde hasta el momento sigue una línea profundamente comprometida con el ser humano,  pero también con su propia conformación como individuo, con sus sensaciones más arraigadas en las que el juego simbólico actúa como paradigma para identificarse y definir el mundo en esa especial coyuntura de relaciones. La poética de Valverde no es de ensimismamiento en el yo sino de unión del yo y el otro, con la singladura de lo elegíaco como horma que ilumina la intimidad, acaso “la épica del dolor” desde una intimidad profunda que aspira a contarnos el modo de estar y ser en nuestro mundo.

 

 

 

F. MORALES LOMAS

Presidente de la AAEC

Universidad de Málaga

 

 

27 de noviembre de 2017     F. MORALES LOMAS