Emblemas de una época

Antonio Machado y Manuel Azaña, símbolos del exilio español de 1939.

 

Se acaban de cumplir 80 años de la muerte de Antonio Machado en el exilio de Collioure el día 22 de febrero. Apenas tres meses antes, a finales de noviembre del 38, se percibía su deterioro, su languidez, su anemia, su calvicie, su mal aspecto en general y su abandono, aunque sus ojos estaban llenos de vida y vibrantes, y su pensamiento brillaba con lucidez. Fueron esos ojos y ese pensamiento diáfanos los que estando todavía en España, el 6 de enero de 1939, denunciaron en su último artículo en La vanguardia «Desde el mirador de la guerra», las razones de la marcha al exilio de miles y miles de personas. En torno a medio millón cruzaron la frontera entre enero y febrero de ese año. En este artículo denunciaba la responsabilidad histórica de Inglaterra y Francia de la défaut de España y la llegada al poder de Franco. Machado criticaba la actitud de estos dos países que habían permitido la política de claudicación ante el fascio.

El último intento lo habían pretendido infructuosamente Giral y Negrín, que habían viajado a París para intentar convencer al Gobierno francés de que debía poner fin a la no intervención. Como resultas de la negativa, el viernes 13 de ese impávido enero el presidente de la República, Manuel Azaña, recibe un aviso del general Hernández Saravia: váyase de España, señor presidente. Tres días más tarde, Azaña habla precisamente con el ministro Giral y le dice que habrá que poner límite al propósito de Negrín de continuar la resistencia. Este lo había afirmado con absoluta rotundidad: «Hay que vencer o morir». Pero Azaña estaba convencido de que había que provocar el fin y no se podía soportar otro año más de guerra. Negrín no tenía ya ninguna consideración al presidente de la República y, además, sabía perfectamente que Franco jamás aceptaría una paz negociada por medio de potencias extranjeras ni una capitulación de la República; en realidad, lo que Franco llevó a cabo fue una política de venganza y exterminio, una guerra de conquista, como ha dicho Santos Juliá. Cinco días más tarde, el sábado 21 de enero del 39, Azaña sale de Tarrasa con dirección al exilio. El 5 de febrero, definitivamente, Azaña, Negrín, Giral... atravesaron la frontera por el puesto de Chable-Beaumont.

Poco antes también cruzaba a Francia Antonio Machado con su madre Ana Ruiz de ochenta años, su hermano José, la esposa de este, Matea Monedero, y el escritor Corpus Barga, seudónimo de Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna, tío del gran Ramón, y doce años menor que Machado. Un gran escritor que había dado testimonio de la revolución rusa y del ascenso del nazismo y el fascismo en Europa. La última noche antes de llegar a la frontera, no habían podido dormir y contaba José Machado en un libro que «el frío del amanecer se sentía hasta la médula de los huesos» y Antonio, «entumecido y agobiado guardaba el más profundo silencio rodeado de todas estas gentes que como en una última oleada de un baile infernal y en un postrer espasmo de movimiento, recogían sus pobres bagajes en maletas, sacos y bultos de las más extrañas formas, para seguir el triste camino del destierro». A la llegada a la frontera, en la casa de los gendarmes, recibieron un pedazo de queso y una gran rebanada de pan blanco y Corpus Barga pidió al comisario de la aduana que se hiciera cargo del escritor y su madre, y el comisario les cedió su automóvil al ver que se trataba de un poeta tan importante como Paul Valéry. En Cerbère, Machado y su familia durmieron en un vagón de ferrocarril a la espera de algo de dinero y documentos para el paso: «una carta del ministro de Estado de la República española que le trajo de Perpiñán Navarro Tomás en el cual el ministro tomaba a su cargo todos los gastos de él y su familia». Pero hasta llegar este momento las carreteras y los caminos habían estado atestados de gente, millares de niños, mujeres y hombres con sus animales domésticos y sus ajuares que huían en toda clase de carros, tractores y automóviles mientras la aviación enemiga bombardeaba. El miedo era el sentimiento común pero el intenso frío y la humedad de la costa cercana unido a la lluvia producían una desazón todavía mayor. Durante mucho tiempo Antonio Machado ha sido y acaso siga siendo el gran emblema de una España dolorida, triste y cainita. Ya lo había advertido como en una premonición en Campos de Castilla cuando escribió su poema «La tierra de Alvargonzález», que Lorca llevaría a la tablas con La Barraca. Y su dimensión emblemática ha hecho que a Machado, extrañamente, hayan querido siempre apropiárselo desde la izquierda y desde la derecha españolas. Para Ángel González, Machado fue el poeta español más importante del siglo XX, pero sobre todo el poeta ante el que la mayor parte de los escritores contemporáneos de este siglo y comienzos del XXI se han inclinado con devoción por diversos motivos. Obviamente, esta inclinación se sustenta en razones literarias pero también éticas. Porque está claro que la profundidad poética de Antonio Machado es tanto como su compromiso con la palabra y el ser humano y, en función de las épocas históricas en que ha sido reclamado, podemos encontrar un Machado u otro, y siempre un Machado diverso, plural y lleno de perspectivas y matices, cuya razón de ser tuviera tanto que ver con sus heterónimos. En mi ensayo Poética machadiana en tiempos convulsos. Antonio Machado durante la República y la guerra civil afirmaba que, desde el punto de vista poético, sus dos heterónimos, Abel Martín y Juan de Mairena básicamente (aunque habría que citar también a Meneses y al nasciturus Pedro de Zúñiga) conforman el dúo en el que Machado quiso anclar una visión particular de la creación poética y del pensamiento con intención de recuperar un pasado. Obviamente, en esa reflexión está muy presente su crítica y apatía a esa lírica de corte lógico, sentida como el desfase de un barroco amortiguador y descreíble, más atenta a las veleidades metafóricas y al culto de la imagen. Machado rechaza tanto el simbolismo decimonónico como lo que sobrevendría con sus inundaciones de imágenes y apatía humana.

No solo los poetas que permanecieron en la península sino los poetas de la España peregrina continuaron la admiración de Machado, como nos recuerda Aurora de Albornoz en Poesía de la España peregrina (1977). Escritores como Francisco Giner de los Ríos o el cordobés Juan Rejano son muy significativos. Pero también los escritores del interior alabaron a Machado, y en una fecha tan reciente como 1945, Laín Entralgo en su obra La generación del 98 indicaba que Antonio Machado era el precursor de la misión integradora de Falange y, nada menos, de «una posible misión de España en la tarea de españolizar, de recrear a la española las creaciones del hombre moderno». Como vemos, un claro intento por adueñarse por un hombre y una obra que representa como ninguna otra el espíritu republicano y el compromiso con el ser humano desde un profundo humanismo solidario. Pero la historia está ahí con su persistente memoria aunque se quiera silenciar, y podemos concluir con el profesor Larraz que, a partir de este momento, se produjo un estado de excepcionalidad cultural en España que tuvo dos vertientes muy claras: «el dirigismo estatal sobre los actores culturales, mediante la censura, la propaganda y la coacción; y el exilio de la gran mayoría de escritores, científicos, artistas, periodistas... de primer nivel que habitaban el campo cultural español en 1936». Desde México llegaron estos versos de León Felipe, admirador de Machado, que resumen una época: «España, España,/todos pensaban/que ibas a terminar en una llama/y has terminado en una charca./Al borde de las aguas cenagosas/el éxodo de un pueblo hambriento y perseguido/que escapa./Español del éxodo de ayer/y español del éxodo de hoy./Ahí no queda nada».

 

Publicado en Cuadernos del Sur - Córdoba

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19 de marzo de 2019     Francisco Morales Lomas